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miércoles, 3 de noviembre de 2010

MISION DE SAN PEDRO MARTIR

LA MISION DE SAN PEDRO MARTIR

Tuvimos una primera impresión de la grandeza de San Pedro Mártir cuando divisamos la Sierra de San Miguel, que es la porción meridional de San Pedro Mártir. Sabíamos que detrás de esos primeros flancos rocosos se encontraba una región sumamente difícil. Nuestro camino era el seguido por Wenceslao Link y, muchos años después, por Juan Crespí, quien antecedió en un mes a Junípero Serra. Poco a poco nos fuimos quedando con el viento, lejos de las carreteras.


Decidimos visitar la misión de San Pedro Mártir y para ello tuvimos que subir un pedazo de sierra. Unos amigos —uno siempre puede encontrar amigos en los rancheros de los lugares más recónditos— nos hablaron de la vereda que conduce a lo alto, hacia la misión más alta de la península: una vereda como una cinta que se enredaba en los pedrones, se sostenía tras los arbustos y subía, subía... quizá la más solitaria también. Seguimos el arroyo pero perdimos la senda y tuvimos que seguir a fuerza de orientarnos con el mapa y hubiera sido todo perfecto de no ser por la densa vegetación de matorrales que nos atajaba el paso a cada momento.


Casi al atardecer, llegamos a la meseta superior donde alguna vez estuvo la misión. De ella no queda nada. Pudimos saber que estábamos en el sitio indicado por la lámina que una vez fue el letrero que colocó don Tomás Robertson junto a una gran zona donde se resaltaban diferentes prominencias que alguna vez fueron los cimientos de la misión. En el suelo había pedazos de porcelana fina, huella de los recipientes donde se tomaba el chocolate.


Ahí comencé a darme cuenta de lo débiles que estábamos. El esfuerzo había sido fuerte, pero no demasiado, y sin embargo estaba agotado y por la tarde tuve fiebre. El descenso no lo hicimos por el mismo lugar —ya sabíamos lo que era atravesar muros de verde vegetal y no queríamos repetirlo—, sino por el cauce vertical del río, entre cascadas de todas formas y que no habían de fallarnos con el suministro de agua ni con impresiones visuales tan hermosas como sólo pueden serlo las cascadas en un desierto.


SALTO DE SAN ANTONIO

Fernando Jordán, en su libro El Otro México: biografía de Baja California había llamado nuestra atención al mencionar una cascada de 900 metros de altura en la Sierra de San Pedro Mártir. ¡Casi un kilómetro! Como quedaba cerca de nuestra ruta, decidimos investigar de cerca. A partir del rancho San Antonio caminamos hacia el este, siempre subiendo y brincando de roca en roca hasta que apareció frente a nosotros una muralla blanca por donde se dejaba escurrir un tremendo chorro de agua desde muchos metros arriba. El canal por donde se deslizaba seguía una espiral y no podíamos ver desde qué altura comenzaba el Salto de San Antonio. "El Chorro", le decían los rancheros. ¿El agua? Helada. Era una cascada muy alta, es cierto, pero no creíamos que tuviera 900 metros de altura; 300, 400, tal vez, pero no de un solo salto. Así que el problema quedaba sin solución inmediata. Faltaba una exploración más profunda de la zona.


Hicimos un hallazgo más en el lugar: Junípero Serra habla en su diario de una rosa silvestre de la siguiente manera: "Parece que se acabaron las espinas y las piedras de California, pues estos tan altos montes son cuasi pura tierra. Flores muchas y hermosas, como ya tengo antes anotado, y para que nada faltase en esta línea, hoy [2 de junio de 1769] al llegar al paraje hemos encontrado con la reina de ellas, que es la Rosa de Castilla. Cuando esto escribo tengo ante mí una vara de rosal con tres rosas abiertas, otras en capullo y más de seis deshojadas. Bendito sea el que las crió." Era el mismo lugar y aunque para nosotros era el primero de mayo de 230 años después, también teníamos ante nosotros varias rosas de Castilla en botón y en capullo. Fascinante.


HAMBRE


Mientras los dos Carlos ascendíamos por la cascada, Alfonso y un muchacho del rancho, otro amigo, pescaron veinticinco truchas en tres horas. Nunca hasta entonces habíamos hecho un sincero homenaje a Mr. Hutt, un "sembrador de truchas" en los ríos de la sierra: asadas sobre las brasas, las truchas inundaron nuestra hambre. Las hubiéramos comido hasta crudas porque nuestros alimentos estaban escaseando desde hacía mucho y no habíamos comido lo suficiente.


Debo aclarar que no se trataba del hambre común y corriente que sentimos todos los días, cuando se nos antoja llenar el estómago de algo que se nos antojó. No señor. Se trataba de la verdadera hambre. Hambre, para ser más exactos. Crónica, como la noche de todos los días. Estar lejos de zonas habitadas implica muchas dificultades, pero quizá la más insidiosa era esa hambre que, pese a estar prevista desde el principio, nos rodeaba cotidianamente. Cada uno veíamos enflaquecer al compañero poco a poco e irremisiblemente. Antes de ascender a la misión de San Pedro, un nopal completo había desaparecido por las aberturas que teníamos por bocas y desde hacía tiempo que teníamos sueños gastronómicos donde aparecían platillos de todos tipos.


Una mañana me había despertado con mucha hambre y después de nuestra escueta ración —algunas galletas y una ridículamente pequeña porción de comida deshidratada que ya nos tenía hartos—, se me antojó un pan. "Llegando a Ensenada te invito a un lugar donde hacen unas donas riquísimas", dijo Carlos. Desde ese día, y faltaban muchos, despertaba sintiendo a Ensenada cada vez más lejos porque la dona que satisfaría mi hambre era cada vez más grande. Por supuesto, una dona no bastó. Fueron doce las engullidas sin descanso apenas.


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EAGLES

Juan Soldado, la primera leyenda urbana de Tijuana

Artículo principal: Juan Soldado

En la tarde-noche del 13 de Febrero de 1938, desapareció de frente de su casa la menor de ocho años Olga Camacho Martínez, en ese tiempo la ciudad de Tijuana contaba con no más de 19,000 habitantes, razón por lo cual todos los vecinos se conocían. Al día siguiente de la desaparición de la niña, la pequeña ciudad era un caos, todos los vecinos estaban buscando la niña y hacia las diez de la mañana del día siguiente unos niños encontraron el cuerpecito degollado y ultrajado de la menor.

Entre los sospechosos estaba el soldado Juan Castillo Morales, conocido posteriormente como Juan Soldado, un soldado raso quien al ser encarado se desplomó, lloró y pidió perdón, confesó que había cometido el crimen bajo la influencia del alcohol y la marihuana. La mujer de Juan Castillo Morales relató al investigador que una semana antes había sorprendido a su amasio Castillo Morales en el intento de violar a una sobrina suya.

La noche en que desapareció la niña Olga Camacho, Juan Castillo Morales (alias) Juan Soldado apareció en la casa de su amasia manchado de sangre, se quitó la ropa y le pidió que la lavara. Al revisar la ropa la policía encontró fibras de tela que correspondían con las encontradas en las uñitas de la niña asesinada.

(...) el reo fue trasladado la mañana del 17 de Febrero de 1938 al panteón municipal conocido como Puerta Blanca (panteón municipal No. 1) y le aplicaron la Ley fuga (una arbitrariedad que consistía en darle la oportunidad al preso de correr en búsqueda de su salvación antes de ser abatido). Eso ocurrió a la vista de los vecinos de la ciudad que se congregaron en las partes altas del panteón para atestiguar la muerte de Juan Soldado.

Es necesario resaltar que la imagen que se venera en el panteón municipal no.1 no corresponde con la fotografía que se conoce de él, en la imagen venerada aparece un militar a un lado de una mesa que sostiene un cristo crucificado, el mensaje subliminal es "lo mataron por ser creyente", nada más lejos de la realidad.

Se ignora a qué persona pertenece la imagen que se venera, lo que está fuera de duda es quien se muestra en la imagen venerada no es el soldado Juan Castillo Morales.

Creditos a WIKIPEDIA

MISIONES DE BAJA CALIFORNIA

ESTABLECIMIENTOS JESUITAS




  • Misión San Bruno (1683-1685)
  • Misión Nuestra Senora de Loreto Conchó (1697-1829)
  • Visita de San Juan Bautista Londó (1699-1745)
  • Misión San Francisco Javier Vigge Biaundó (1699-1817)
  • Misión San Juan Bautista Malbat (Liguí) (1705-1721)
  • Misión Santa Rosalia de Mulegé (1705-1828)
  • Misión San Jose de Comondú (1708-1827)
  • Misión La Purisima Concepción de Cadegomó (1720-1822)
  • Misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz Airapí (1720-1749)
  • Misión Nuestra Senora de Guadalupe de Huasinapi (1720-1795)
  • Misión Santiago de Los Coras (1721-1795)
  • Misión Nuestra Senora de los Dolores del Sur Chillá (1721-1768)
  • Misión San Ignacio Kadakaamán (1728-1840)
  • Misión Estero de las Palmas de San José del Cabo Añuití (1730-1840)
  • Misión Santa Rosa de las Palmas (Todos Santos) (1733-1840)
  • Misión San Luis Gonzaga Chiriyaqui (1740-1768)
  • Misión Santa Gertrudis (1752-1822)
  • Misión San Francisco Borja (1762-1818)
  • Visita de Calamajué (1766-1767)
  • Misión Santa María de los Angeles (1767-1768)


ESTABLECIMIENTOS DOMINICOS




  • Misión Nuestra Señora del Santísimo Rosario de Viñacado (1774-1832)
  • Visita de San José de Magdalena (1774-1828)
  • Misión Santo Domingo de la Frontera (1775-1839)
  • Misión San Vicente Ferrer (1780-1833)
  • Misión San Miguel Arcangel de la Frontera (1797-1834)
  • Misión Santo Tomás de Aquino (1791-1849)
  • Misión San Pedro Mártir de Verona (1794-1824)
  • Misión Santa Catalina Vírgen y Mártir (1797-1840)
  • Visita de San Telmo (1798-1839)
  • Misión El Descanso (San Miguel la Nueva) (1817-1834)
  • Misión Nuestra Senora de Guadelupe del Norte (1834-1840)


ESTABLECIMIENTOS FRANCISCANOS


Mision San Fernando Rey de Espana De Velicata' ( 1769-1772 )

Origenes de la region

Grupos Indígenas

Hace unos 3 mil años penetraron a Baja California varias corrientes migratorias provenientes del sur de lo que hoy es Estados Unidos. Eran grupos de filiación lingüística yumana. Durante milenios se mantuvieron nómadas y su economía dependió básicamente de la recolección, complementada con productos de la caza y la pesca. Entre las montañas y el desierto, recorrían grandes distancias recogiendo bellotas, semillas, tunas, piñones, agaves y frutos de la manzanita y la guata.

Con el tiempo aquellos hombres se agruparon en distintas bandas y cada una procuró delimitar su territorio. A la llegada de los misioneros, los indígenas Kumiai, pai pai, kiliwa y cochimí fueron congregados en rancherías aledañas a las misiones. Únicamente los cucapá se mantuvieron libres, debido a que en su región no se estableció ninguna casa de religiosos. La imposición de una cultura ajena inició el proceso de aculturación de los aborígenes, el cual se acentuó con la llegada de los otros extranjeros y mexicanos.

En la actualidad, los grupos indígenas viven en asentamientos enclavados en los terrenos que se les han concedido legalmente, y aunque por lo general se trata de áreas cerriles, de agostadero y pedregosas, eso les permite tener los mínimos recursos de subsitencia y un espacio geográfico que les pertenece. Según el últmo censo realizado por el INAH en 1978, existían entonces en Baja California 1 051 indígenas, cuyo número seguramente ha aumentado.




El Padre nuestro en lengua Yumano

Va-bappa amma-bang miarnu,
rna-rnang-ajua huit maja tegem:
amat-mathadabajua ucuem:
kern-rnu-jua arnrna-bang vahi-mang amat-a-nang la-uahim.
Teguap ibang gual güieng-a.vit-a-jua ibang-a-nang packagit:
-mut-pagijua abadakegem, rnachi uayecgjua packabaya..guern:
kazet-aduangarnuegnit,pacurn:
guangrnayi-acg packadabanajarn.
Amén.


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